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Siempre tuvimos que
hacerlo todo nosotros lo que condicionó nuestra libertad a la hora de usar
el tiempo. Esa realidad está a punto de cambiar.
1. El
orden histórico: siempre hemos ido a buscar las cosas
A
lo largo de la historia siempre hubo una constante, si querías que algo
ocurriera, tenías dos caminos: hacerlo tú mismo o pagar a alguien que lo
hiciera por ti. Y para cualquiera de las dos opciones hacía falta
conocimiento. Para que un proceso se lleve a cabo en una empresa, la
persona con el conocimiento adecuado lo tiene que ejecutar. Si había que
aplicar una ley, alguien tenía que interpretarla. Si había que tratar una
enfermedad, alguien tenía que diagnosticarla. El mundo funcionó siempre con
intermediarios humanos porque el conocimiento vivía “dentro” de las
personas y, en todo caso, quedaba plasmado en artefactos pasivos: libros,
manuales, normas, procedimientos. Objetos mudos que solo “hablaban”
cuando alguien los leía, interpretaba y aplicaba. Con el tiempo, delegamos
una parte física de ese hacer en animales y luego en máquinas. Delegamos
músculo y repetición, pero el trabajo cognitivo que explica la inmensa
mayoría de nuestra actividad siguió en el cuerpo humano. Hacer la cama,
preparar la comida, conducir hasta el trabajo, coordinar un proyecto,
entender una reclamación… Todo eso obligaba a que alguien lo pensara y lo
hiciera. Nos pareció normal porque no había otra alternativa, pero era una
cárcel elegante: fuimos muy poco libres con el uso de nuestro tiempo. Para
que sucediera cualquier cosa, teníamos que estar involucrados ¿Qué pasa si
un día ocurre al revés? ¿Si los procesos se ejecutan sin tu participación?
Si saben quién eres, qué haces, qué necesitas… y te lo entregan. Si por
primera vez logramos una relación directa con las cosas sin intermediarios,
porque “tienen” el conocimiento para ejecutarse sin nuestra
intervención. Lograrlo no sería una mejora sino una transformación radical
de la sociedad que está construida alrededor de esa constante histórica:
las cosas no vienen a ti.
2.
La anomalía histórica: conocimiento sin cuerpo
La
Inteligencia Artificial introduce algo totalmente nuevo, aunque todavía lo
miramos con ojos viejos: conocimiento sin organismo. Por primera vez, el
conocimiento deja de necesitar un cuerpo humano para operar en el mundo.
Con la explosión de la IA, lo que haremos es dotar a todas las cosas del
conocimiento que antes solo tenían las personas, para que no dependan de
nosotros, sino que puedan actuar por sí mismas. En lugar de que alguien
tenga que conducir un camión, planchar una camisa o ejecutar una tarea en
una empresa, el camión conduce, la plancha plancha,
y la tarea se ejecuta porque los 3 tienen “incorporado” el
conocimiento necesario para lograrlo. Esta posibilidad cambia la ecuación
porque la iniciativa siempre fue nuestra mientras que ahora la compartimos
con el ecosistema que nos rodea. No hablo de automatizar tareas (algo que
venimos haciendo hace mucho tiempo) sino de una nueva realidad que lo
modifica todo: pasamos de tener que hacer las cosas a que ellas solas se
hagan, de preguntar a que el contexto te interrogue, de ir a buscar
información a que las cosas se anticipen y te la ofrezcan antes de que la
pidas. La disponibilidad ilimitada de conocimiento va a reconfigurar el
mundo. La IA libera al conocimiento de su atadura con la persona y nos permite
recombinarlo como piezas de Lego de múltiples maneras. Perderemos
protagonismo porque ya no tendremos el monopolio del conocimiento. Ojo,
perder el monopolio no significa que el conocimiento deje de importar, sino
que deja de estar restringido. La metáfora que lo explica es la del
oxígeno: Imagina que toda la vida hubiésemos vivido sumergidos en el mar
recurriendo a bombonas de oxígeno para respirar. Bombonas caras, escasas y
controladas por unos pocos. Eso se parece a cómo funcionaba el conocimiento:
lo tenía poca gente, su coste era elevado y por eso había intermediarios
imprescindibles. Con la IA, y al poder fabricar conocimiento a voluntad, es
como si saliéramos a la superficie y pudiéramos respirar aire a pleno
pulmón, sin restricción. El oxígeno seguiría siendo importante, pero deja
de ser la ventaja de algunos porque está disponible para todos. Ese cambio
por sí solo obligará a reinventar todas las estructuras.
3.
Cuando los procesos te hablan a ti
Estamos
acostumbrados a hablar a los sistemas: rellenar formularios, preguntar a
buscadores, comprar servicios, abrir tickets, “tirar
de” un procedimiento ¿Qué ocurre cuando el flujo se invierte? Cuando no
eres tú quien va a buscar el proceso, sino que el proceso viene a buscarte.
Cuando no pides ayuda, sino que el sistema detecta que la necesitas y te la
ofrece. Cuando el conocimiento no depende de que se te ocurra consultarlo,
sino que se activa por contexto. El cerebro humano funciona exactamente
así. No le preguntas cómo andar en bicicleta cuando te subes a una. El
conocimiento aparece porque el contexto lo dispara y el cerebro no se
equivoca y te ofrece la receta de una paella en medio del pedaleo. Eso es
inteligencia situada: anticipación y acción sin intermediación. La IA
permite por primera vez externalizar ese mecanismo fuera del cuerpo humano.
No hablamos solo de que “hace una cosa” sino de agentes, sistemas
capaces de planificar y ejecutar múltiples pasos en un flujo de trabajo. Si
tu organización tiene un mapa que identifica el conocimiento
crítico (recoge lo que sabemos y quién lo sabe),
el agente no solo responderá, sino que podrá detectar brechas, proponer
siguientes pasos, encadenar tareas, pedirte confirmaciones donde haga falta
y ejecutarlo sin molestar. Lo que antes era “un proceso” pasa a
comportarse más como un colega eficiente que nunca se queja ni descansa. A
nivel personal ya lo estás comprobando: con cualquier IA generativa puedes
abrir varias pestañas que trabajan en paralelo y te entregan resultados
inmediatos, mientras una persona solo puede fijar su atención en una
pestaña a la vez. Si el entorno empieza a trabajar contigo, tu forma de
pensar el trabajo cambia. Pasamos de hablar a los procesos a que ellos nos
hablen lo que acarrea una consecuencia inevitable: si los procesos se ejecutan
con su propio conocimiento, se termina el sistema de intermediarios que
constituye los cimientos de nuestra sociedad.
4.
El fin del intermediario como figura central
Durante
siglos hemos construido poder, estatus y negocio alrededor de ser
intermediarios del conocimiento. Existía un corpus enorme de conocimiento
acumulado, pero solo determinadas personas accedían, y por tanto lo
administraban a su conveniencia. Te vendían la parte del todo que dominaban
a ti, que lo necesitabas y no sabías. Un médico es un intermediario entre
la salud y tú. Un abogado es un intermediario entre las leyes y tú. Un
sacerdote es un intermediario entre Dios, las escrituras y tú. Un consultor
es un intermediario entre la organización y su capacidad de entenderse a sí
misma. La razón de la existencia de esos intermediarios es simple: proveen
conocimiento, y eso los hace indispensables. Si tú no contabas con el
conocimiento, ellos eran el único camino para cubrir tu necesidad. En el
futuro vas a seguir necesitando apoyo médico, legal, espiritual,
organizativo… pero el rol del intermediario se va a transformar. En muchos
casos desaparecerá en su forma actual (la del guardián y proveedor del
conocimiento) y en otros se mantendrá, pero cumpliendo roles que requieren
otras habilidades. El valor que entregue el intermediario tendrá que ser
superior, porque lo que ofrecía hasta ahora (información, diagnóstico
preliminar, interpretación, recomendaciones) te lo entregará la IA. Esto
tiene dos efectos directos:
1.
Cambia el rol: Tendrá que ofrecer lo que
la IA no sabe, no puede o no queremos que haga. Mutará de intérprete a
diseñador, de guardián a acompañante, de ejecutor a responsable, de “yo
sé” a “yo me hago cargo”.
2.
Cambia el precio: lo que hoy es caro
porque requiere muchas horas/hombre, mañana será barato o directamente no
se cobrará. No por caridad sino porque el coste de reutilización del
conocimiento se reduce casi a cero.
Si
cambian roles y precios, toca rediseñar modelos de negocio y esquemas de
cobro. Una buena parte del mundo cobra por intermediación cognitiva y
cuando esa intermediación cae, hay que inventar otra cosa. El trabajo
humano ya no será el centro de la vida.
5.
¿Importa tanto el soporte del conocimiento?
Nos
inquieta que el conocimiento no venga de una persona, como si el soporte
legitimara el contenido y el saber necesitará un cuerpo para ser válido ¿De
verdad importa tanto el envase? Un libro o una pizarra son un montón de
páginas de papel o un trozo de madera o plástico que no tienen emociones y
nadie duda de su valor. Un vídeo es un activo digital que no empatiza y
aprendemos con él. Un simulador no siente y, aun así, enseña mejor que
muchas clases magistrales. Con la IA ocurre algo parecido, pero más
profundo: no solo transmite conocimiento, lo ejecuta. Es verdad que hay
ventajas cuando el conocimiento lo provee una persona: emociones, contexto,
personalización. Un médico que recibe presencialmente a un paciente podría
entregarle una mejor atención, algo que no siempre ocurre
porque también hay cansancio, sesgos, prisa, variabilidad. En educación,
durante décadas se creyó que el aprendizaje presencial era mejor que el
virtual. Pero eso solo ocurre si lo diseñamos adecuadamente. El presencial
tiene ventajas porque somos seres biológicos que aprendemos con interacción
y experiencia. Pero el virtual bien diseñado también tiene elementos muy
favorables. Entonces la disyuntiva no es “humano o IA” sino que
depende de para qué, de cómo y de cuándo.
En
julio de 2021 (antes de GPT3) en el artículo “3 deseos para la educación”
escribí lo siguiente: “Sospechosamente, se ha impuesto la tesis de que
necesitamos más vocaciones científicas y tecnológicas, asistimos al reinado
del STEM. Yo opino distinto. Cuanto más sepas de números, más riesgos
tienes de ser automatizado porque todo lo que sea matemáticamente posible,
será real. Mientras que cuanto más sepas de relaciones (contigo mismo, con
colegas de equipo, con clientes, con proveedores, con vecinos…) menos
riesgos corres y más auspicioso será tu futuro”. Lo que vamos a valorar (y será más
escaso) será lo relacional, lo ético, lo confiable. A pesar de que tenemos
mejores medios que nunca, es un hecho que cada vez conversamos menos. Si el
mundo se llena de sistemas que hablan y actúan, el problema no será solo
técnico, será de relaciones. Se nos puede producir una crisis de confianza.
Tendremos que reforzar vínculos y aprender a generar confianza desde abajo.
Enseñar confianza, darle protagonismo porque sin ella no hay comunicación,
conversación ni conexión. Y sin eso, no es posible la colaboración.
6.
Un cambio de paradigma: de hacer a que se haga
La
verdadera ruptura no es tecnológica sino existencial. Para entender la
magnitud del cambio de hacer las cosas a que las cosas se hagan, nos sirve
dividir el mundo en 2:
a.
Lo que sabemos (y vamos a delegar).
El conocimiento que hemos creado
los seres humanos a lo largo de la historia es enorme. Miles de años
de conocimiento colectivo acumulado que nos permite viajar al espacio,
trasplantar corazones o generar energía renovable. Esa es la buena noticia.
La mala es que todo dependía de nosotros. La mayoría de nuestra vida
cotidiana estaba atrapada en “hacer lo que ya sabemos hacer”. Con la
IA hemos inventado la manera de fabricar conocimiento y estamos en proceso
de inyectarlo a las cosas para que actúen sin involucrarnos. Tarde o temprano y con mayor o menor
esfuerzo, las máquinas serán capaces de hacer todo lo que nosotros hacemos.
Y como comentamos el mes pasado, el conocimiento
dejará de ser una ventaja. En el
territorio de la IA, no podremos competir ni en velocidad ni capacidad de
almacenar conocimiento. La IA nos facilita reutilizar el conocimiento y
asegurarnos de que lo que ya sabemos pase a estar disponible y a costo
mínimo para cualquiera que lo necesite. La promesa es irresistible: que una
persona no tenga que gastar su tiempo en lo que ya sabemos hacer, desde
limpiar suelos o vigilar edificios, hasta redactar, resumir, diagnosticar o
ejecutar procesos estándar. No está mal dejar de hacer todo aquello que
podemos delegar para concentrarnos en pocas cosas realmente importantes que
merecen la pena. El primer impulso ha sido añadir IA a lo que ya hacemos:
inocular conocimiento a productos y servicios existentes para que funcionen
de forma autónoma. Es lo lógico, pero es solo el principio. Añadir IA a lo
que conocemos es mucho más sencillo que rediseñarlo desde cero ya que en el
fondo, seguimos haciendo lo mismo, pero con IA. Pensar “AI first” es un cambio de era. No se trata de integrar
IA sino de reconstruir el mundo alrededor de ella.
b.
Lo que NO sabemos (y ahí está el futuro). Lo que no sabemos es un territorio
infinito porque no solo incluye lo que sabemos que no sabemos, sino también
lo que ni siquiera sabemos que no sabemos. En el corto plazo, lo que
cambiará más rápido será lo que ya sabemos: el mundo estándar diseñado desde
nuestro conocimiento, donde los intermediarios van a desaparecer y las
tareas se delegan porque se las
entregamos a la IA. Pero a medio y largo plazo, lo que más va a
cambiar será lo que no sabemos, porque concentraremos esfuerzos en
rediseñar el mundo desde la IA: pasar de un mundo donde reaccionamos y todo
dependía de nosotros, a un mundo donde anticipamos y las cosas ocurren sin
requerir nuestra participación. En este escenario la creación de nuevo
conocimiento va a ser clave, algo que la IA también hará, aunque hay
espacio de sobra para todos. Hay quien alerta del peligro de que dejemos de
pensar si la IA nos lo hace todo. Pero en un mundo donde crear nuevo
conocimiento hará la diferencia, pensar se vuelve todavía más importante.
Lo que pasa es que vamos a pensar en otras cosas: dejaremos de pensar en lo
ya pensado para pensar cosas distintas, inéditas y con ayuda de la IA.
Mientras te hagas nuevas preguntas, el pensamiento crítico estará a salvo.
El
año pasado hubo 2 apagones nacionales en Chile y en España. El apagón nos
recordó que la electricidad es fundamental, pero también que, una vez
disponible para todos, deja de ser ventaja competitiva salvo que hagas algo
muy particular e innovador con ella. Con el conocimiento va a pasar lo
mismo. El conocimiento estándar estará disponible mientras que la ventaja
será lo que hagas de forma distinta (el nuevo conocimiento) y eso exige aprender.
Por eso, hay un mundo inmediato donde reutilizamos el conocimiento que ya
existe y que nos exigirá algo poco frecuente: aprender a delegar. Pasar de
“cómo lo hago más rápido”, a “cómo lo dejo de hacer”,
que es más difícil. Y existe otro mundo de creación de conocimiento
(inventar lo que no existe) que nos obliga a desarrollar las habilidades de
pensar, generar ideas y aprender.
7.
La pregunta final
Quizá
el miedo no sea a la IA sino a perder nuestro monopolio del conocimiento. Y
entonces la pregunta es simple ¿Estamos aquí para proteger el canal
tradicional por el que fluye el conocimiento o para ampliar lo que las
personas pueden hacer con él? Si el conocimiento se vuelve como el oxígeno,
si delegamos la ejecución y los procesos nos hablan, si el entorno piensa
con nosotros, entonces lo escaso cambia. Y cuando cambia lo escaso, cambia
la distribución del poder. Y entonces se vuelve crítico acordar qué no
vamos a delegar a la IA y vamos a conservar para nosotros. Y eso es la toma
de decisiones. La IA no tiene intención ni conciencia (aunque la neurociencia no lo descarta para el futuro).
La IA será el copiloto o el agente mejor entrenado, pero nosotros debemos
reservarnos siempre el asiento de piloto ligado a 3 ámbitos cruciales: 1.
Definir los objetivos (la intención, el propósito, la función, los
problemas…). Es decir, entender el entorno y elegir qué es lo prioritario a
lo que vamos a prestar atención. 2. Tomar las principales decisiones para
lograr los objetivos y 3. Evaluar los resultados (si estamos consiguiendo
los objetivos). Obviamente la IA nos asistirá en el proceso, pero la responsabilidad
tiene que ser nuestra. Y aquí viene otro cambio de gran calado.
Históricamente, alguien decidió el objetivo y nosotros obedecimos: tus
padres, profesores, jefes, gobernantes, líder religioso, etc. decidieron o
influyeron desde cómo te vestías, qué estudiabas, con quien te casabas o en
qué creías. Ahora cada uno podrá definir su objetivo. Suena atractivo, pero
también asusta, porque obliga a hacerse cargo. El premio es muy apetitoso:
poder decidir sobre tu tiempo.
Si de verdad delegamos lo delegable, podríamos recuperar algo que nunca
disfrutamos del todo: la iniciativa para priorizar e invertir nuestra vida
en lo importante, elegir qué preguntas perseguimos y crear lo que no
existe. Para modelarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno, e influir en
el futuro en vez de ir siempre a remolque. Tenemos que decidir qué nos
importa como humanos y que la IA nos ayude a conseguirlo. Liberarnos de
tiranía del trabajo sin perder la identidad. Y vivir bien (aunque nos tendremos
que poner de acuerdo en lo que eso significa). Si la IA solo sirve para
producir y correr más, habremos desperdiciado una oportunidad de oro y
seguiremos viviendo como el hámster en la rueda, solo que con mejor
tecnología. Así que lo relevante no es quién nos habla o qué tareas
sustituye, sino qué posibilidades surgen cuando el mundo empieza a
hablarnos. Y eso, nos guste o no, ya está pasando.
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El 23 de enero en Somorrostro (Vizcaya) impartiremos la conferencia “Hacia un mundo de organizaciones más inteligentes”
en el marco de la entrega de los premios Marcelo Gangoiti.
- Entre el 9 de febrero y el 5
de marzo impartiremos el curso virtual “Diseño de Mapas de Conocimiento
Crítico” para el Instituto
Andaluz de Administración Pública.
- El 13 de marzo en Vitoria
impartiremos la conferencia “Una empresa que no aprende no tiene futuro“
en el marco del Congreso de los 75 años del Colegio de Ingenieros Industriales de
Alava.
- El 17 de marzo en Viña del Mar
(Chile) impartiremos la conferencia “La IA de mi empresa: personalizada,
en tiempo real y proactiva” para el equipo directivo de Zurich.
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