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En el año 2015, impartí una TED Talk titulada “Eres más inteligente que la
empresa para la que trabajas”. La hipótesis era que mientras las personas
cuentan con un órgano especialmente diseñado para gestionar el conocimiento
que es el cerebro, las organizaciones carecen de él. Y cómo sabes más que
tu empresa, cuando te vas te llevas lo que sabes y tu organización se
resiente. A comienzos del año 2020 nadie imaginaba que se nos venía encima
una pandemia, que la IA iba a explotar o que conflictos como Ucrania o Irán
producirían un encarecimiento salvaje de las materias primas. Más de 10
años después, es obligatorio cambiar el título por este otro “Eres mejor
para aprender que la empresa para la que trabajas”. Mi hipótesis en
este artículo es muy sencilla: las personas están mucho mejor equipadas
para aprender que las empresas y eso, en un contexto de cambio permanente y
de necesidad de adaptarse, será asunto de vida o muerte. Voy a abordar 2
aspectos: por qué las personas aprendemos mejor que las organizaciones y
qué debe hacer una empresa para desarrollar su capacidad de aprender para
sobrevivir.
Las personas contamos con 3 elementos a nuestro
favor:
1. Las neuronas de tu cerebro no se marchan,
permanecen contigo. Cada mañana cuando amaneces te acompañan las mismas que
cuando te fuiste a dormir.
2. Esas neuronas tampoco se pelean, sino que colaboran. Cuando quieres hacer algo, tu cerebro no se
niega a hacerlo porque las neuronas no se ponen de acuerdo. Si necesito
subirme a una bicicleta y sé cómo hacerlo, lo hago.
3. El conocimiento es “tuyo”, no lo pierdes,
viaja contigo allá donde vayas y no puede ser de otra manera. No te lo
puedes quitar de encima como el que se saca un abrigo.
Sin embargo, las organizaciones tienen 3
elementos que les juegan en contra:
1. Las personas, que serían el símil de las
neuronas, abandonan las organizaciones (cada vez permanecen menos tiempo y
cuesta más reclutarlas). Y cuando se van, el conocimiento se marcha con
ellas y si la empresa no ha tomado medidas, esa pérdida tiene impacto en
los resultados.
2. Cada persona tiene sus propios objetivos,
prioridades, preferencias, planes, miedos, expectativas… Hacer que los
individuos colaboren es uno de los desafíos más complejos que puede
enfrentar el responsable de cualquier equipo de trabajo.
3. El conocimiento no es patrimonio de la empresa
sino de cada uno de sus colaboradores. La organización puede y debe hacer
que ese patrimonio también le pertenezca, pero eso hay que intencionarlo y trabajarlo.
La principal diferencia es que en las personas
el aprendizaje viene de serie al revés que ocurre con las organizaciones
¿Con qué “cuenta” un individuo para aprender?
·
tenemos
“roles” como el cerebro, el cuerpo y sus sentidos, la memoria, las
neuronas o motivación para asegurar que el aprendizaje ocurre
continuamente.
·
tenemos
“procesos” como la reflexión, el uso de experiencia previa, la
capacidad de recordar, de preguntar a otros, de experimentar….
·
y
tenemos “herramientas” ya que además de escribir o grabar para
capturar aprendizajes, almacenarlos y recuperarlos de la memoria, creamos y
usamos herramientas externas como bases de conocimiento, buscamos en Google
o preguntamos a Chat GPT.
¿Y con qué “cuenta” una empresa para aprender?
Hazte las siguientes preguntas:
·
¿Cuáles
son sus “roles”? Dónde está su cerebro, sus sentidos, su memoria,
sus responsables de aprendizaje...
·
¿Cuáles
son sus “procesos”? Existe la formación, pero muy pocas tienen
lecciones aprendidas, mentorías, comunidades de práctica, casos, etc.
·
Tiene “herramientas”
(gestores documentales, plataformas colaborativas) pero pensadas para
producir, gestionar o vender y no necesariamente para aprender.
La primera conclusión es que las personas
nacemos con una arquitectura biológica para aprender y las organizaciones
no. Las empresas, si es que aprenden, lo hacen de manera artificial,
prestada, diseñada a pulso. El aprendizaje no les viene “de serie” y
por eso hay una asimetría brutal. El ser humano, para sobrevivir, necesita
aprender para adaptarse al entorno en el que vive. Sin embargo, las
organizaciones están en desventaja porque no tienen un cerebro que gestione
la inteligencia. Y por eso mismo tampoco cuentan con el proceso de
aprender. Finalmente, aprender es algo innato. El aprendizaje no es una
habilidad,
cuando naces no tienes que aprender a aprender. Es una capacidad natural
que, eso si, se puede perfeccionar.
¿Qué
elementos biológicos favorecen el aprendizaje en los seres humanos?
1. El sistema
nervioso, no solo el cerebro. Los humanos aprendemos gracias a un sistema
nervioso capitaneado por el cerebro. El cerebro es la pieza central,
pero el sistema de aprendizaje no es únicamente el cerebro. Aprender no
depende de un órgano aislado, sino de un conjunto de sistemas que trabajan
juntos. El cerebro manda, pero no trabaja solo, sino que está la médula
espinal y toda la red de nervios. Aprender exige que ocurran varias cosas a
la vez: captar información, transmitirla, procesarla, almacenarla y
recuperarla cuando hace falta. El cerebro se encarga de la parte más
sofisticada: atención, memoria, lenguaje, razonamiento, planificación y
toma de decisiones. El resto del sistema nervioso permite que la
información circule y que el cuerpo responda. No aprendemos solo “pensando”,
sino también aprendemos percibiendo, actuando, corrigiendo y volviendo a
intentarlo.
2. La
plasticidad cerebral es uno de los grandes regalos biológicos del ser
humano. El nobel Ramon y
Cajal hablaba de ser “escultores de nuestro cerebro”. La
plasticidad es la capacidad del sistema nervioso para cambiar con la
experiencia. Las conexiones entre neuronas se refuerzan, se debilitan o se
reorganizan según lo que vivimos y repetimos. Eso significa que no nacemos
sabiendo, pero sí nacemos con la capacidad de modificar nuestro propio
sistema para adaptarlo. No es solo que tengamos cerebro, sino que tenemos
un cerebro que cambia con la experiencia, detecta patrones, corrige
errores, automatiza conductas útiles y construye memoria a partir del uso.
Una organización, en cambio, no cambia sola por experiencia vivida. Tiene
que crear mecanismos explícitos para hacerlo.
3. Las neuronas y
las sinapsis. Las neuronas son las células
especializadas que procesan y transmiten información. Pero lo decisivo no
son las neuronas, sino las conexiones que establecen entre sí, las
sinapsis. Aprender consiste en crear nuevas conexiones, reforzar circuitos
útiles, debilitar los menos usados y consolidar redes estables. Aprender
entonces es cambiar el cableado del sistema nervioso. Eso explica por qué a
las organizaciones les cuesta aprender. Las personas traen “de fábrica”
un mecanismo para crear y fortalecer conexiones. Las organizaciones no.
Tienen que inventar sus propias sinapsis: procesos, conversaciones,
comunidades, sistemas, rituales, liderazgo que lo impulsa…
4. Los sentidos
son la puerta de entrada del aprendizaje. Vista, oído, tacto, olfato,
gusto, y otros menos mencionados como la propiocepción (que nos permite
percibir la posición y el movimiento de nuestro cuerpo en el espacio, sin
necesidad de mirar) o la interocepción, que nos
permite percibir, interpretar y procesar las señales internas del cuerpo.
Esto importa porque no se aprende en abstracto sino a partir de señales del
entorno y del propio cuerpo. El ser humano viene preparado para captar
diferencias, cambios, amenazas, oportunidades, rostros, movimientos, etc.
Esa capacidad sensorial alimenta el aprendizaje desde el primer momento.
Una empresa no ve, no oye, no siente. Solo “percibe” si alguien
diseña sensores: indicadores, reuniones, escucha de clientes, análisis de
datos, observación del mercado...
5. La atención
es un filtro cognitivo decisivo. El entorno está saturado de información,
pero no toda nos llega con la misma fuerza. Aprendemos mejor aquello a lo
que prestamos atención. Nuestra biología favorece esto porque el cerebro
está preparado para priorizar lo novedoso, lo relevante, lo emocionalmente
significativo, lo que amenaza o lo que recompensa. Sin atención no hay
aprendizaje profundo, hay exposición, pero no verdadera incorporación. Aquí
hay otra diferencia con las organizaciones: las personas tenemos un sistema
natural de priorización. Las empresas sufren lo contrario: los incentivos
premian la atención en determinados comportamientos, que además conviven
con ruido y dificultad para hacer foco. Hay muchísima información, pero,
por el contrario, poco aprendizaje.
6. La memoria.
El aprendizaje no existe sin memoria. Si no queda huella, solo hay experiencia
pasajera (trata de recordar lo que supuestamente aprendiste en el colegio o
la universidad). La memoria humana tiene varias capas: memoria sensorial,
de trabajo, de corto plazo, de largo plazo, explícita (hechos y conceptos)
e implícita (habilidades y hábitos). Esto permite que el ser humano no solo
reciba información, sino que la conserve, la reorganice y la reutilice. La
gran tragedia para una empresa es que la memoria es frágil, parcial y muy
dependiente de soportes externos. Si alguien se va, se pierde parte de la
memoria viva.
7. La emoción.
Este punto es crucial y se subestima. Sin
emoción no hay aprendizaje. No aprendemos en el vacío. Los sistemas
emocionales del cerebro ayudan a decidir qué merece ser recordado. Lo que
nos impacta, nos interesa, nos sorprende, nos asusta o nos entusiasma se
aprende mejor porque deja una huella más profunda. La emoción cumple varias
funciones: dirige la atención, da relevancia a la experiencia, refuerza la
memoria y el recuerdo, impulsa la acción y favorece o bloquea la
exploración. Por eso el aprendizaje humano está tan unido al clima
emocional. El miedo es un enemigo del aprendizaje. Un niño curioso aprende
más que uno atemorizado. Un profesional psicológicamente seguro comparte
más que uno que teme perder poder. En las organizaciones pasa igual. Hay
que crear contextos donde compartir, equivocarse y explorar no salga caro.
8. La motivación
y las recompensas. Los humanos nacemos con sistemas biológicos que nos
empujan a explorar, repetir y perfeccionar conductas útiles. Cuando algo
produce un premio, el cerebro lo etiqueta como valioso y facilita la
repetición. Intervienen circuitos de motivación que sostienen la
curiosidad, la exploración, el ensayo y error, la búsqueda de la novedad o
el placer de dominar una habilidad. Aquí hay un aspecto clave: los humanos
no solo podemos aprender, sino que estamos impulsados a hacerlo (aunque a
veces nos sentimos cansados, bloqueados, aburridos o saturados). Pero el
sistema está. En una organización ese impulso no existe como propiedad del
sistema, sino que hay que crear los incentivos, la cultura, liderazgo y
contexto.
9. El cuerpo y la
acción. Aprender no es solo una actividad mental. El cuerpo participa mucho
más de lo que solemos admitir. Aprendemos mediante movimiento, repetición,
coordinación, práctica e interacción con objetos y personas. Una parte
enorme del aprendizaje humano es corporal. Piensa en cómo aprendiste las
habilidades básicas como caminar, hablar, escribir, conducir o incluso
conversar. Todo eso involucra cuerpo, percepción y acción. Esto rompe una
idea pobre del aprendizaje como “meter cosas en la cabeza”. Aprender
es reorganizar la relación entre percepción, acción, emoción y pensamiento.
10. El lenguaje y
la reflexión son una ventaja cultural
extraordinaria. Nos permiten aprender no solo por experiencia directa, sino
por experiencia transmitida. Gracias al lenguaje podemos preguntar,
explicar, contar historias, abstraer, imaginar, discutir futuros posibles…
Los animales aprenden mucho por observación e interacción, pero nosotros
además aprendemos por conversación. Esto multiplica el aprendizaje de una
manera espectacular: cada persona no tiene que vivirlo todo para
aprenderlo. Puede recibir conocimiento acumulado por otros. Las
organizaciones podrían aprovechar esto muchísimo mejor de lo que lo hacen,
pero a menudo convierten el lenguaje en burocracia y no en aprendizaje.
Acumulan mucho documento estéril pero poca interacción fértil.
11. La interacción
y sociabilidad
humana. Somos criaturas radicalmente sociales y eso favorece el
aprendizaje. Aprendemos por imitación, observación, conversación,
cooperación, corrección social, pertenencia a grupos y enseñanza mutua.
Nacemos preparados para vincularnos con otros y para aprender de ellos. Un
bebé se orienta automáticamente a voces, rostros, gestos... Eso es una
ventaja evolutiva gigante. Aprender además es personal pero no individual,
sino social. Las organizaciones tienen personas y por tanto “potencial
neuronal”. El problema es que no siempre consiguen convertir ese
potencial en un sistema de aprendizaje estable y fecundo.
12. La capacidad de
imitación parece algo menor pero no lo
es. La imitación reduce mucho el coste del aprendizaje. En vez de
descubrirlo todo desde cero, podemos observar, copiar, ajustar,
interiorizar y mejorar. Esto acelera la transmisión cultural y permite que
cada generación reutilice lo que ya se sabe. La imitación es uno de los
grandes atajos del aprendizaje.
13. La curiosidad
es un impulso adaptativo que empuja al organismo a explorar lo desconocido,
cerrar brechas de información, anticipar mejor el entorno y ampliar
repertorios de respuesta. Sin curiosidad, el aprendizaje se vuelve reactivo
y pobre. Impulsado por la curiosidad, se vuelve expansivo, casi infinito.
14. El sueño
suele ignorarse, pero juega un papel decisivo. Durante el sueño el cerebro
consolida lo aprendido ya que dormir ayuda a fijar memorias e integrar
información, depurar lo irrelevante, facilita nuevas asociaciones y mejora
el rendimiento cognitivo. Incluso cuando parece que no hacemos nada, el
sistema sigue trabajando. Curiosamente la humanidad está viviendo una
crisis de sueño cuyas consecuencias no podemos calcular todavía.
15. La capacidad de
anticipación. Los humanos no solo
aprendemos del pasado, también aprendemos simulando futuros. Nuestro
cerebro se pasa gran parte del tiempo imaginando escenarios y tratando de
prever consecuencias, ensayando mentalmente y comparando opciones. Esa
capacidad de simulación es potentísima porque nos ayuda a aprender sin
experimentar físicamente todas las alternativas y permite aprender con
menos coste y menos riesgo.
Las personas no
solo tenemos conocimiento sino una biología orientada al aprendizaje. Las
organizaciones, en cambio, no tienen biología. Por tanto, si quieren
aprender, deben construir artificialmente aquello que en los seres humanos
viene incorporado:
·
las personas tenemos un sistema
nervioso, las organizaciones necesitan sistemas de información y
conversación.
·
las personas tenemos memoria
biológica, las organizaciones necesitan memoria estructural.
·
las personas tenemos atención,
las organizaciones necesitan priorización.
·
las personas tenemos motivación
y emoción, las organizaciones necesitan cultura, propósito y seguridad
psicológica.
·
las personas aprendemos por
imitación y sociabilidad, las organizaciones necesitan comunidades, redes y
prácticas compartidas.
·
las personas tenemos
plasticidad, las organizaciones necesitan capacidad de adaptación
deliberada.
Conclusión:
La organización que no aprende desaparece. Y una empresa que no se apoye en
la IA no podrá desarrollar el aprendizaje colectivo. No quiero sonar
apocalíptico, pero es muy fácil de entender: Los individuos tenemos
mecanismos de aprendizaje innatos y las empresas no y por eso corren un
riesgo existencial de supervivencia. Las personas aprendemos todo el
tiempo, inconscientemente e incluso involuntariamente. Y nos lo podemos
permitir porque en segundo plano, nuestro cerebro (distribuido por todo el
cuerpo) sigue aprendiendo silenciosamente. Pero para que eso ocurra en las
empresas hay que diseñarlo, hay que provocarlo. La inmensa mayoría de
empresas que conozco no cuenta con procesos para aprender. Está secuestrada
por el presente, por los resultados inmediatos, por los compromisos
asumidos, por las urgencias. Y es cierto, no puedes ignorar el presente si
“quieres llegar a viejo”. Pero si descuidas el futuro (y aprender es
invertir en el futuro) no hay que ser adivino ni profeta para pronosticar
que esas empresas morirán en el medio plazo. Las organizaciones solo
aprenden cuando diseñan deliberadamente procesos, relaciones y estructuras que
compensen esa carencia de origen. Una organización no aprende simplemente
porque sus miembros aprendan de la misma manera que tener ladrillos no
garantiza construir una catedral. Hace falta diseño y continuidad. La
capacidad de aprender es innata, pero la calidad del aprendizaje puede
desarrollarse. Es decir, aprender viene de fábrica, pero aprender mejor,
más rápido, con más conciencia, eso sí se cultiva,
- El 1 de abril en Santiago de Chile
participaremos en el lanzamiento del “Diplomado del Futuro del
Trabajo”
creado por Otic Sofofa y la Universidad Adolfo Ibañez.
- El 2 de abril en la sede de la Sofofa en Santiago participaremos en el desayuno de
presentación de la “Metodología para el Diseño e implementación de
comunidades de práctica” junto con Otic Sofofa y Sence.
- El 7 de abril también en Santiago de Chile
realizaremos el lanzamiento de nuestro Avatar Digital de gestión del
Conocimiento y aprendizaje para procesos de relevo generacional.
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