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Este artículo se publica en dos
entregas. En la primera parte exploro por qué el dinero podría perder
protagonismo y cómo la IA alteraría la lógica tradicional al convertir el
conocimiento en un recurso abundante y barato. El próximo mes daré el salto
de los bits a los átomos: qué tendría que ocurrir para que se abaratasen
los bienes físicos, qué papel conservaría el dinero y cómo cambiarían el
trabajo, la propiedad y la distribución de la riqueza.
Probablemente piensas que el título de este artículo es una estupidez
porque la realidad parece apuntar en la dirección contraria. Las noticias
hablan de desigualdad creciente. La vivienda cada vez es más cara, las
pensiones generan incertidumbre y la tecnología destruye empleos más rápido
que nuestra capacidad de crear nuevas profesiones. Y, sin embargo, sigo
pensando que todos vamos a ser millonarios. No porque vayamos a acumular
millones en nuestra cuenta bancaria, sino porque llegaría un momento en que
ya no los necesitemos. Hace justo un año me referí a este tema en “El triunfo de la
inteligencia (humana y artificial)” y Elon Musk se ha pronunciado recientemente así que voy a
profundizar en ello. Un aviso: solo me referiré a la riqueza económica (los
escalones inferiores de la pirámide de Maslow
que son los que más tiempo de vida nos roban) y no a otras dimensiones como la espiritual o autorrealización. El
futuro es inimaginable. Nadie sabe qué va a ocurrir y ninguna predicción
resulta creíble. Pero mi apuesta es que la IA va a cambiar radicalmente el
significado del dinero y podría incluso hacerlo innecesario para acceder a
una parte creciente de lo que necesitamos. Hoy, ser millonario significa
poder acceder a casi todo sin preocuparse por su precio: la mejor atención médica,
educación, tecnología, vivienda, transporte, asesoramiento, ocio y, sobre
todo, tiempo. La riqueza no consiste en poseer dinero, sino en que el
dinero no limite lo que puedes hacer. Mi hipótesis es que la IA podría
extender esa capacidad de acceso a casi toda la población. Puede parecer
una barbaridad, pero por primera vez no resulta imposible. Y ojo, me
refiero a la IA como tecnología y no a la industria de la IA que tiene sus
propios objetivos.
El dinero no es
riqueza
El dinero ocupa un lugar tan central en nuestras vidas que hemos
olvidado la razón por la que fue creado. Es una herramienta para acceder a
lo que necesitamos y no tenemos. Lo primero que debemos entender es que el
dinero no tiene valor por sí mismo. Nadie come billetes ni vive dentro de
una tarjeta de crédito ni se cura gracias a una transferencia bancaria. Lo
que realmente queremos no es dinero, sino aquello que el dinero nos permite
conseguir: salud, vivienda, educación, alimentación, transporte, energía,
seguridad, experiencias o tiempo. El dinero no es el destino, es el
vehículo. Durante siglos hemos confundido el medio con el fin. Pensamos que
queremos dinero cuando en realidad queremos acceso a todo aquello que
necesitamos para vivir bien. Por eso una persona con mucho dinero, pero sin
acceso a lo que necesita, sigue siendo pobre. Y una persona con acceso
garantizado a todo lo esencial podría sentirse rica, aunque apenas utilizara
dinero. La riqueza no consiste en acumular billetes, sino en poder
satisfacer necesidades y desarrollar una vida valiosa.
El dinero nació
porque vivimos en un mundo de escasez
Pero, sobre todo, el dinero es un mecanismo para administrar la
escasez. No hay de todo para todos. No hay suficientes viviendas frente al
mar, médicos excelentes, ingenieras o profesoras excepcionales, tiempo,
energía, suelo ni recursos. Cuando algo es escaso necesitamos algún mecanismo
para repartirlo. Durante siglos, ese mecanismo ha sido principalmente el
precio. Quien tiene dinero puede comprar mientras quien no lo tiene debe
renunciar, esperar o trabajar para conseguirlo. Nuestro sistema se sostiene
sobre una cadena sencilla: trabajo - salario - consumo. Las personas venden
su tiempo, su esfuerzo y sus conocimientos y a cambio reciben dinero. Y con
ese dinero compran productos y servicios que contienen el tiempo, el esfuerzo
y los conocimientos de otras personas. Cada vez que compras algo estás
haciendo una afirmación: yo aporté valor a la sociedad y ahora puedo
utilizar ese valor acumulado para obtener algo que otra persona produjo.
Por eso el dinero funciona. Representa valor y coordina millones de
intercambios entre personas que no se conocen. Sin embargo, debajo de esa
circulación de dinero existe otra realidad menos visible pero crucial.
Aunque creemos que intercambiamos dinero por cosas, en realidad llevamos siglos
intercambiando conocimiento humano.
La fuente real de
toda riqueza
Existe una tendencia a pensar que la riqueza depende del capital y
que los ricos son ricos porque tienen dinero. Pero eso es confundir la
causa con el efecto. Lo que explica que alguien sea millonario es el conocimiento. Los
principales millonarios (excepto los que han heredado su fortuna) son
personas que saben hacer cosas que otros no saben hacer lo que les permite obtener
resultados económicos que el resto de las personas no alcanzan. Por tanto,
es el conocimiento el que explica
por qué solo algunas personas son millonarias. Un millonario entonces no tiene dinero, sino que tiene conocimiento. El dinero
representa el valor de tu conocimiento. Lo valioso que sea el conocimiento
que tienes determina el dinero que tienes. Por eso la fuente decisiva
de la riqueza es el conocimiento. Todo lo que utilizas cada día existe porque alguien sabe hacerlo.
Una mesa contiene madera y sobre todo el conocimiento necesario para diseñarla,
fabricar las herramientas, operar las máquinas, transportarla y venderla.
Un teléfono contiene minerales y plástico, pero su valor procede del
conocimiento acumulado para diseñar sus chips, fabricar sus componentes,
desarrollar su sistema operativo y coordinar una compleja cadena de
suministro. Tu coche es conocimiento igual que la medicina que tomas es
conocimiento, tu vivienda es conocimiento, la electricidad e internet son conocimiento,
un hospital es conocimiento convertido en edificio, un avión es
conocimiento convertido en materiales que vuelan y una empresa es conocimiento organizado.
Incluso los recursos naturales valen poco si no sabemos utilizarlos. El
petróleo fue prácticamente inútil durante miles de años. Lo que lo
transformó en riqueza fue el conocimiento necesario para encontrarlo,
extraerlo, refinarlo y convertirlo en productos. Por eso las organizaciones
más valiosas del mundo no triunfan por las fábricas, los edificios o las
materias primas que poseen. Triunfan por lo que saben hacer. Su activo
principal es invisible. Lo mismo ocurre con los servicios. Cuando pagamos a
un médico, una abogada, un profesor, una arquitecta o un consultor, no
pagamos simplemente una hora de su tiempo. Pagamos los años que necesitó
para aprender a resolver un problema que nosotros no sabemos resolver. El precio
de esa hora contiene gran parte de toda la experiencia acumulada que la
hizo posible.
La mayor
revolución de la historia
La humanidad ha domesticado muchas cosas. Domesticó animales,
plantas, energía y materiales, pero nunca había conseguido domesticar el
conocimiento. El conocimiento siempre estaba pegado a las personas. Si un
médico moría, desaparecía parte de su conocimiento. Si una maestra se
retiraba, parte de su saber se perdía y cuando una científica se jubilaba,
una porción enorme de su experiencia se marchaba con ella. Hasta ahora,
para utilizar el conocimiento de un especialista teníamos que contratarlo,
rezar para que estuviera disponible y pagar por alquilarle su conocimiento
durante un tiempo. Un médico solo podía atender a un número limitado de
pacientes. Una profesora solo podía enseñar a determinados alumnos. Una
ingeniera solo podía participar en unos pocos proyectos simultáneamente. El
conocimiento era escaso (y estaba desigualmente distribuido) porque su contenedor,
el ser humano que lo poseía, también lo era. Y todo lo que es escaso e
importante resulta caro. La IA introduce una ruptura inédita: permite
digitalizar una parte creciente del conocimiento humano y separarlo de la
persona que lo posee. La IA es, en gran medida, conocimiento digitalizado.
Conocimiento que puede copiarse millones de veces, no se cansa, accesible
desde cualquier lugar del planeta y que trabaja veinticuatro horas al día.
Eso no significa que la IA sea infalible y autónoma. Comete errores,
necesita contexto, requiere supervisión y sigue dependiendo del criterio
humano. Tampoco todo conocimiento puede reducirse a datos. Gran parte de la
experiencia es tácita, corporal, relacional y difícil de capturar. Pero la
dirección en la que vamos está clara: por primera vez hemos aprendido a
separar una parte sustancial del conocimiento de quien lo adquirió y lo
detenta. Una IA no necesita décadas para aprender lo que otros tardaron
décadas en descubrir. Puede incorporar enormes cantidades de información en
poco tiempo, recombinarlas y ponerlas a disposición de cualquier persona.
Las preguntas que cambian la economía son muy sencillas: ¿qué ocurre cuando
el conocimiento, que es la unidad de creación de valor de nuestra civilización,
deja de ser escaso? ¿y cuándo la mayoría de los trabajos que veníamos
haciendo se digitalizan y su precio se vuelve casi cero? En otra columna
hablaré de lo que será escaso e importante aprender en el futuro como el
pensamiento original.
La hora/hombre
tiene los días contados
Durante siglos hemos calculado el valor de las cosas utilizando la
unidad de medida hora/hombre. ¿Cuánto cuesta diseñar un edificio? Depende
de cuántas horas requiere. ¿Cuánto cuesta desarrollar un programa? Misma
respuesta ¿Cuánto cuesta asesorar a una empresa? Calculamos las horas,
asignamos un precio por hora y multiplicamos. Toda nuestra economía está
construida sobre la idea de que el tiempo del conocimiento humano es el
recurso productivo más importante. Por eso cobramos salarios, existen las
profesiones, la especialización y las empresas. La hora humana se convirtió
en la unidad básica de la economía porque el conocimiento solo podía
aplicarse a través de personas que disponían de un número limitado de
horas. La IA introduce una anomalía histórica. Por primera vez aparece un “trabajador”
que sabe mucho, aprende rápido, no descansa y cuesta muy poco. Imagina lo
que sucede cuando millones de estos trabajadores digitales están
disponibles simultáneamente. El coste de producir conocimiento se desploma.
Después disminuye el coste de producir servicios. Y, cuando la IA se
combina con robots, empieza a caer también el coste de producir bienes
físicos. Hace tres años, en el grupo de WhatsApp de uno de nuestros
proyectos, les dije a mis seis compañeros que teníamos un nuevo miembro en
el equipo. Era una herramienta gratuita de IA.
Después de alimentarla con conocimiento del proyecto, “aprendió” en
minutos una parte de lo que a nosotros nos había tomado años. Pero, además,
fue capaz de ejecutar en segundos tareas que al equipo le habrían llevado
varios días. Su trabajo no era perfecto, había que revisarlo y corregirlo.
Pero la conclusión era imposible de ignorar: una sola persona apoyada por
IA podía realizar una parte importante del trabajo que antes exigía un
equipo completo. Podemos interpretar esa situación de dos maneras. Como una
amenaza para el empleo, porque un equipo de seis personas puede dejar de
ser necesario. O como una multiplicación de la capacidad, porque ese mismo
proyecto puede hacerse en una fracción del tiempo y del coste o también
seis personas asistidas por IA pueden ejecutar seis proyectos simultáneos
en lugar de uno. En ambos casos sucede lo mismo: aumenta de forma
espectacular la cantidad de inteligencia disponible.
Llevamos años viendo esta lógica en el mundo digital. Crear la
primera copia de un programa, una película, un libro o un curso puede
requerir una gran inversión. Pero producir la segunda copia, la número mil o la número un millón
tiene un coste casi nulo. La IA extiende esa lógica al propio conocimiento.
Una vez que un sistema sabe explicar un concepto, diseñar una pieza,
programar una aplicación o analizar una radiografía, puede repetir esa
tarea millones de veces sin multiplicar sus costes en la misma proporción.
Una doctora humana solo puede atender a un paciente a la vez, una IA puede
asistir simultáneamente a millones de personas sin necesitar un millón de
profesionales adicionales. La educación, el asesoramiento, el diseño, la
programación, la investigación, las tareas administrativas, etc. podrían
volverse muy baratas. Todo lo que está hecho principalmente de conocimiento
tiende hacia la abundancia y ya hemos visto que todo se compone de
conocimiento…
El día que el
conocimiento experto sea casi gratuito
Hubo una época en la que tener acceso a libros era un privilegio
reservado a unos pocos. La imprenta cambió eso. Hubo otra época en la que
obtener información exigía bibliotecas, viajes o grandes recursos y la
llegada de Internet lo cambió. La IA puede ser el siguiente paso: convertir
el acceso al conocimiento experto en algo tan común como hoy es realizar
una búsqueda. Un estudiante en cualquier rincón del planeta dispondrá de un
tutor extraordinario y personalizado. Un agricultor podrá contar con asesoría
técnica permanente sobre cultivos, clima, plagas y suelos. Una pequeña
empresa podría acceder a capacidades legales, financieras, tecnológicas y
comerciales que antes solo estaban disponibles para grandes corporaciones.
En ese mundo, la inteligencia dejaría de ser un privilegio. Y cuando la
inteligencia se democratiza, una parte enorme de la riqueza también se
democratiza. No porque todos poseamos lo mismo, sino porque capacidades que
antes eran exclusivas se convierten en infraestructuras de acceso general.
A medida que aumenta la inteligencia disponible, la vida debería
abaratarse. No de forma automática ni necesariamente justa, pero sí desde
el punto de vista técnico: hacer muchas cosas debería requerir menos
tiempo, menos personas y menos recursos. En el momento de que obtienes lo
que necesitas porque está disponible casi sin fricción, el dinero pierde su
razón de ser. Ya no hay por qué
gastar 2,4 billones de dólares en Defensa porque ya no necesitas
protegerte. Tener la supervivencia asegurada debiese permitirnos concentrar
la energía en metas más altas. El dinero es la herramienta del mundo basado en el paradigma de
competir, tendremos que crear la herramienta del mundo de colaborar.
Continuará en
septiembre
En esta primera parte he explicado que
la IA puede separar el conocimiento de las personas, multiplicarlo y
reducir drásticamente el coste de muchas capacidades que hoy son escasas y
caras. Pero todavía vivimos en un mundo físico: no podemos comer información
ni habitar un algoritmo. En la segunda parte analizaré qué debe suceder
para que esta abundancia pase de los bits a los átomos y qué consecuencias
tendría para el dinero, el trabajo, la propiedad y el reparto del poder.
Ahí se juega la parte más difícil de la hipótesis: no solo si todos podríamos ser millonarios sin millones, sino quién
controlaría la tecnología capaz de hacerlo posible.
- El 25 de agosto comenzaremos con el espacio Co-laboratorio
en el marco de Abra Laboratorio de Aprendizaje para explorar la colaboración desde diversas
perspectivas: la biología, la psicología, la antropología, la economía, la
tecnología, las organizaciones y otras áreas del conocimiento que tienen
algo que decir sobre este fenómeno
- El 4 de septiembre en Medellín (Colombia) impartiremos la
conferencia “Una organización que no aprende desaparece“ para el 6º Foro Fundecopi organizado por Coopidrogas
- El 2 de octubre en Madrid impartiremos la conferencia “Del
conocimiento experto al aprendizaje colectivo: cómo construir una
organización que aprende” para Renfe de la mano de Hedima
- Los días 21 y 28 de agosto, 4, 11 y 25 de septiembre y 2 de octubre
impartiremos el curso ”Aprendizaje organizacional
en la era de la IA” con la Escuela de Psicología de la
UAI
- Los días 29 de septiembre y 1, 6, 8, 13 y 15 de octubre impartiremos
las sesiones ” Gestión del Talento y Cultura de Aprendizaje Basada en
Habilidades” dentro del Diplomado en gestión de
organizaciones para el Futuro del Trabajo de la Escuela de
Psicología de la UAI y Futuro
del Trabajo
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